Motivación, ¿se tiene o se entrena?

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¿Alguna vez te has preguntado por qué hay personas a las que parece que no les cuesta nada levantarse a las 6 de la mañana para salir a correr? ¿O por qué a ti te supone tantísimo esfuerzo ponerte a estudiar para ese examen importante?

Con bastante probabilidad hayas pensado en numerosas ocasiones que Fulanico está muy motivado para salir a correr, mientras que tú no encuentras la motivación ni la fuerza de voluntad por ningún sitio.

¿Y si te dijera que la motivación y la fuerza de voluntad son habilidades que pueden entrenarse? Seguramente me mires con los ojos muy abiertos y pienses: ¿cómo va a ser eso, Marta? La motivación se tiene o no se tiene.

¿Qué es la motivación?

Si buscas en Google la definición de motivación, te vas a encontrar con lo siguiente: cosa que anima a una persona a actuar o realizar algo. ¿Cosa? Un poco confuso, ¿verdad?

Si buscas en la RAE vas a ver: conjunto de factores internos o externos que determinan en parte las acciones de una persona. Parece que nos da algo más de información, pero sigue siendo bastante impreciso. ¿A qué se refieren con factores internos o externos?

Para empezar, debes saber que motivación, fuerza de voluntad, perseverancia, constancia… Son expresiones que describen o engloban una serie de comportamientos (salir a correr a diario, estudiar 8 horas) pero no son la causa de los mismos.

Además, debemos tener cuidado de no caer en explicaciones circulares como: está motivado porque estudia 8 horas al día y estudia 8 horas al día porque está motivado.

La motivación no explica el por qué de un comportamiento, sino que es lo que debe ser explicado para poder entender por qué se dan unas conductas y no otras.

Gran parte de nuestras conductas se mantienen por las consecuencias a corto y largo plazo que les siguen, teniendo mucho más peso e importancia las consecuencias que recibimos a corto plazo.

Por ejemplo: la conducta de comer es seguida a corto plazo de muchas y potentes consecuencias agradables: se nos quita el hambre que sentimos y experimentamos la satisfacción y el placer por lo que nos hemos comido. Además, también desparecen los pensamientos desagradables y la urgencia por comer algo (sobre todo si tenemos mucha hambre).

Con la conducta de comer es fácil de entender porque las consecuencias a corto plazo (las más importantes) son agradables y apetecibles. Pero, ¿qué pasa cuando queremos llevar a cabo una conducta cuyas consecuencias inmediatas no son tan agradables?

Esto nos pasa a menudo con la actividad física o con los estudios. Todos nos hacemos propósitos como hacer más deporte o llevar al día la tarea, pero es muy difícil.

Las conductas de realizar ejercicio físico o de estudiar son seguidas, a corto plazo, de consecuencias desagradables poco reforzantes. Para el ejercicio, por ejemplo, tener que buscar tiempo, sentir fatiga, tener agujetas, etc., y para estudiar, dejar de hacer otras actividades con las que disfrutas.

Entonces, estarás pensando que si las consecuencias inmediatas de hacer ejercicio o estudiar son desagradables… Es normal que no te apetezca nada ponerte a ello, ¿no?

¡BINGO! Es totalmente lógico y hasta funcional (a corto plazo), porque al no hacerlo, al posponerlo y ponerte excusas, etc. te estás evitando todo ese malestar. Y a los seres humanos no hay nada que nos guste menos que sentir malestar.

¿Por qué hay personas que tienen más motivación que otras?

¿Por qué Fulanico se levanta a las 6 de la mañana para salir a correr? ¿Por qué yo no soy capaz de sentarme a estudiar y siempre procrastino?

Puede ser por varias razones y habría que analizar cada caso concreto. Pero, en términos generales, algunas personas salen a correr a las 6 de la mañana porque están anticipando las consecuencias agradables futuras de esa acción (pensar en lo bien que me siento después del ejercicio o que voy a ganar una carrera, por ejemplo).

Otras, por el contrario, lo harán anticipando una posible consecuencia desagradable (pensar que voy engordar por no ejercitarme lo suficiente).

En el caso de los estudios las consecuencias agradables podrían ser anticipar que si estudio voy a aprobar el examen u obtener el reconocimiento del profesor, mientras que las consecuencias desagradables anticipadas podrían ser creer que voy a suspender la oposición o que voy a recibir una regañina de mis padres.

Además, hay que tener en cuenta el contexto de cada persona. No es lo mismo tener el gym justo debajo de casa que tener que caminar media hora o coger el bus para llegar. Igual que no es lo mismo estudiar en un lugar tranquilo, alejado de distracciones que tener que hacerlo en casa con tus familiares irrumpiendo en tu habitación cada 5 minutos.

Por tanto, una de las claves más importantes para poder mejorar nuestra motivación o fuerza de voluntad, es entrenar nuestra capacidad para traer al presente las consecuencias agradables y beneficiosas que conseguiremos si hacemos eso que nos da tanta pereza ahora. No es tarea sencilla y, como en todo, requiere tiempo y esfuerzo.

Por otro lado, también es importante tener en cuenta las circunstancias en las que se da cada conducta para procurar ponernos las cosas un poco más fáciles durante el camino (por ejemplo, dejarte todo preparado para hacer deporte el día de antes y no tener que pensar en nada cuando te levantes por la mañana).

Por último, es necesario comprender que no a todas las personas nos mueven las mismas cosas y que nuestra conducta puede mantenerse por consecuencias muy diversas. Por eso es necesario analizar cada caso con detalle y no sacar conclusiones a la ligera.

Espero que te haya gustado este post y que te ayude a entender un poco mejor tu comportamiento. Recuerda que si tienes cualquier duda, sugerencia o aportación puedes escribirla abajo en comentarios.

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